La Moricantada

Las mejores Lentejas en Rodenas

Rodenas y sus Chifarras




Rodenas es un hermoso pueblo de nuestra tierra turolense. Un bello lugar donde hasta las piedras arden cuando el sol las mira, como encendiendo su rojo colorido de vergonzosa doncella, ante un galan apuesto que la contempla y enamora. Allí todo es beldad y galanura. El viejo castillo, que naciera bravo guerrero cuando el glorioso califato de Cordoba, parece hoy una anciana madre que todavía creyera tener las fuerzas suficientes para darles cobijo y amparo a sus casas, acostadas como un hato a las horas bucolicas del sesteo. Admirando tanta donosura, estaba sentado en una piedra el tío Cachiles y me acerque a rogarle, tras el ritual saludo, que me refiriese la antiquísima tradición de la Moricantada, y el con su amabilidad tan serrana, me refirió cuanto voy a contaros brevemente.

Hace mucho tiempo, antes de que sucediera el milagro de la alcaldesa, que relataba nuestro historiador Lázaro Polo, segun escribiera el Rey Sabio de Castilla, cuando terminaba la primera centuria del siglo que ahora estó por acabar, gobernado en el Emirato de Santa María de Albarracín desde el año 1.045, el notable Abdelmelik, hijo de Hudayl, nieto de Lubb, apodado "El sable de la dinastía", había nombrado a su hijo Yahia príncipe heredero, dandole el castillo de Arrodenes y el palacio de la Atalaya que estaba junto a la fortaleza.

El pueblo de Arrodenes, hoy Rodenas, era uno de los puntos clave en la defensa del Emirato y en el vivía Lazaro, un cristiano, viejo por su religión y por su edad, que había casado con Lirana, contando como hermoso fruto del matrimonio, una hija llamada Ines, cuya hermosura era proverbial entre los vecinos del contorno. Era el viejo Lazaro, un hombre que atesoraba gran cantidad de dinares de oro que ocultaba en algun rincón de su casa. El príncipe Yahia empezo a cortejar a la hermosa Ines, ya fuera movido por la belleza de la hija o por la riqueza del padre. A Yahia, lo describen sus coetaneos como un hombre ambicioso, poco dado al trabajo y mucho a la buena vida y a los placeres con las bellas huríes que su padre el Emir, encerraba en su Villa de las Fuentes junto al Wuadi Alabyad. Por eso el viejo Lazaro no creyó en las buenas intenciones del príncipe que le pidió una dote de 100 dinares de oro para casarse con Ines, que estaba prendada de la apostura de Yahia y se quedó apenada ante la negativa del padre. Pero Lazaro era viejo y Lazaro murio. Lirana sufría viendo la tristeza de su enamorada hija, pero Lazaro sin revelar donde guardaba su tesoro. Solamente le había dejado a su mujer seis gallinas y un prado junto a la casa que llamaban "El Navajo", con la promesa de que todos los días sacaría las gallinas a picotear el prado. Lirana cumplía con su tarea, muy a regañadientes, porque sentada mientras las gallinas picoteaban, sólo pensaba en la pena de su hija, corroída por el amor al hermoso príncipe Yahía. Hasta que un día, viendo a las gallinas picotear y escarbar la tierra, notó algo extraño que brillaba y al acercarse, se llevó la gran sorpresa pues las gallinas habían desenterrado un dinar de oro. Entró a la casa y tomando un azadón, empezó a cavar y salió una gran bolsa de piel de cabra, que contenía el tesoro que Lazaro había ocultado.

Lirana no perdió el tiempo y ofreció a Yahia los cien dinares que pedía por casarse con su hija. Yahia tomó los dineros y se llevó a Ines a la que situó en su palacio de la Atalaya. Todo parecía prometer felicidad, pero esta no llegó. Al poco tiempo Yahia volvió a pedir más dinares a la suegra, no para dar más felicidad a Inés, sino para gastarlos con sus amigos y mujeres, mientras Inés, recluida en su palacio sufría su abandono. Varias veces mas el incansable Yahia siguió pidiendo dinero, hasta que Inés agobiada por su pena, murió en la soledad de su ambicioso príncipe no se aprovechara del dinero, lo escondió nadie sabe donde, y maldijo al hombre que no quiso aprovechar el amor de Ines a la que dejó morir en soledad, pero sí malgastó los dineros que recibía. Era el año 1.103, Yahia fue proclamado Emir, pero la maldición de Lirana pesaba sobre el y en abril del año siguiente fue destronado, teniendo que abandonar la tierra en la mayor de las miserias.

Desde entonces, las gentes del lugar, llamaron a la Atalaya la Moricantada, y siguen preguntandos en dónde estara enterrado el tesoro que Lirana escondío y que tal vez algún día pudiera ser encontrado.

Texto extraido del Diario de Teruel del 27 de mayo de 1.998



Ocurrió hace muchisimos años. Era por mil trescientos y pico cuando vivía en Ródenas una venerable anciana que tenía su vivienda a la salida del pueblo; se había casado y enviudó al poco tiempo, sin haber tenido hijos, ni haberse podido labrar un buen pasar, era pues una viuda pobre como muchas, pero buena y servidora de todos, una santa mujer como tantas hay en nuestro pueblo. Tenia un pequeño huerto que ella misma cuidaba y generoso le proporcionaba lo poco que usaba para vivir.

Era la época de la recogida de las lentejas. A la hora del alba salían las familias, chicos y grandes, hacía el campo iniciando el arranque de las matas. Y como siempre había alguna mata que quedaba o se había caído al suelo, llegaba después nuestra anciana viuda y hacía un repaso del que siempre sacaba para una comida al menos y en llegando a su casa, las tendía al sol para que se fueran secando, luego las iría sacudiendo sobre la mesa y saldrían los granos que le sirvieran de alimento.

Aquel día tenía preparado su plato de lentejas, le agregó un poco de cebolla picada y un diente de ajo y lo echó todo dentro de una tartera donde se cocieran y preparó un plato donde comerlas.

Pero en aquel instante, llamaron a la puerta y salió a ver quien era el visitante. Su admiración fue profunda cuando vio que tenía delante de sí a un venerable anciano que parecía haber salido de algún viejo retablo de la Iglesia del lugar.

Le dijo que llevaba todo el día sin comer y le pedía si tal vez tenía algo que le diera para satisfacer su hambre. Ella le rogó que entrará, lo sentó a la mesa, sirviéndole un corrusco de pan y casi todo el contenido de la tartera; acabado el plato de lentejas, le pidió más y ella, sin tener en cuenta que solamente quedaban para ella una pequeña parte, le dio el resto quedándose sin nada.

Cuando el santo varón acabó con la repetición, le dijo a la anciana que ya sabía él que le había dado todo cuanto tenía, sin reservarse nada para ella, y por ese motivo quería premiarle tan caritativa largueza.

Quiero ver las trojes, le dijo, y ella le contestó que para qué, que sus trojes hacía años que estaban vacíos de todo grano. Pero el anciano insistió y subieron al granero donde había dos trojes muy capaces, pero vacías de todo grano. El santo varón cerró sus ojos y le pidió a Dios que premiara la caridad de quien todo lo daba hasta quedarse sin nada para ella. La viuda no podía dar crédito a lo que estaba viendo; de momento las trojes empezaron a llenarse de lentejas hasta el borde. Cuando se volvió para dar las gracias al santo varón, este había desaparecido misteriosamente.

La noticia corrió por todo Ródenas más que como reguero de pólvora, como bulo en boca de alparceras. Todos querían ver las misteriosas lentejas y todos llegaban con abundante comida de granos y matanza, para llevarse a cambio un saquillo de aquellas lentejas que servirían de simiente para sucesivas siembras.

Hubo semilla para todos y a partir de aquel momento, nació aquella lenteja especial en todos los campos del pueblo y no solo rica y sabrosa, sino que también abundante, hasta el punto de que tanta lenteja se producía en Ródenas, que se vendía por todos los pueblos del entorno.

Esto podrá ser cuento y hasta podrá ser historia, pero lo real y visible, es que la tierra de Ródenas cría las mejores lentejas que puedan saborearse. Y si usted no se lo cree, vaya y pruebe; es la mejor manera de que acabe dándome la razón.



Quien no conoce Rodenas no sabe cuanto le falta. Nuestros pueblos turolenses, tienen todos na personalidad propia; los unos son bellos, los otros serios y austeros y los que no, son señoriales e hidalgos. Y ésta es la característica de Rodenas, un lugar que desde los años más antiguos que se le conocen, era un lugar importante dentro del Emirato de los Banu-Razin. Con su castillo campeando sobre la pétrea cabeza de rodeno que le corona. Rodenas es admirable en todo, pero lo que más agrada ver es la obra maravillosa de su aljibe árabe; no se por qué motivo, cada vez que lo contemplo, me acuerdo del famoso reloj de agua que alimentaba nuestro Tajo en las huertas fértiles de Toledo, testimonio de la cultura de aquellos españoles que a Dios le llamaban Allah.

Pero además a Rodenas nada le falta, no sé si tendrá algún loco, bueno más loco por su pueblo que el Tío Cachiles no creo que pueda haberlo; pero también Rodenas tiene su poeta; ese pastor-poeta que de no haber llegado antes Gonzalo de Berceo, nos hubiera dicho que quería "fer una prosa en román paladino en qual suele el pueblo fablar a su vecino ...," claro que sin olvidar el "vaso de bon vino ". Cuenta Rodenas con el museo de su iglesia, gracias a que en la pasada contienda civil no se llego a quemar tanta obra de arte como nos muestra. Pero Rodenas es peculiar hasta su naturaleza como lo demuestran las llamadas " chifarras ".

Si usted estudió entomología sabrá que hay unos insectos llamados cigarras y que son unos hemípteros que producen un sonido monótono y estridente y que en nuestra tierra se llaman también "chicharras". Pero en Rodenas tiene un nombre especial es el de "chifarras", Tal vez si los estudiáramos bien se tratara de una especie autóctona y propia del terreno, pero no es preciso llegar a tanto, por que lo que a nosotros nos interesa, es saber el motivo por el que, cuando usted llega a Rodenas, entre la Loma de la Sima y El Gancho, se encuentra el Corral de la Chifarra junto a la Balsa Furges; y para ello hay que remontarse a los últimos años del pasado primer milenio de nuestra historia cuando Rodenas era un lugar notable en el Emirato de Albarracín.

Era cuando el Mio Cid campeaba por las tierras de Valencia y en ella residía un notable ciudadano que se llamaba Abu G’Isa ben Lebun, que habiendo sido el segundo y el último en Valencia, sabía lo que es la adversa fortuna, y cuando Mio Cid pidió a los señores de los castillos que proveyeran su ejército, no queriendo pactar con el Campeador, entregó sus posesiones al Emir de Albarracín, porque sabía que Mio Cid estaba presto para tomar Valencia.

Al Emir Hudayl le agradó la propuesta y con el fin de causar gran impresión a los valencianos, llegó a Murviedro acompañado de su ejército, dejando desprotegido su Emirato, aunque no le importaba porque no tenía conflictos con los emires árabes vecinos. Pero el emir no contaba con una pandilla de gentes, mitad soldados mitad bandoleros, que se dedicaban al asalto y robo de las tierras donde no hubiera alguna tropa que les hiciera resistencia. Este grupo de salteadores, estaba al mando de un tal Abu Chafar el Tminí, de los bereberes masmudies que se habían establecido en Tarazona. Pero las gentes cristianas o arabizadas, llamaban aquel grupo el de los chifarros.

Estamos pues en noviembre del año 1092 y según nos dice la leyenda que narró aquella mujer de las historias divertidas que murió centenaria, Rodenas estaba desprotegida; no había hombres, ya que todos habían seguido a su emir hasta Murviedro, apenas un par de soldados custodiando su castillo, lo demás eran niños y mujeres que tranquilamente se levantaron aquel día, cuando un pastor apareció jadeante para avisar de que llegaban los chifarros. Rápidamente tomaron la cuesta arriba y llegaron hasta el castillo desde el Morrón Blanco se les podía ver tranquilamente acampados, porque sabían que allí no había otro enemigo que niños y mujeres.

Pero en aquel momento apareció La Rezadora, una mujer entre bruja y sanadora, la que rezaba los rosarios cuando había difuntos en las casas y les dijo a todos que había que pedir el auxilio divino, ya que otra ayuda no podían recibir. Entonces, desde aquella altura y a vista de los asaltantes, se arrodillaron para rezar y ella empezó su rogativa. "Primos, tios, hermanos y padre que la voz del cielo os guarde./ Cristo crucificado y San Juan Bienaventurado,/ que las once mil vírgenes / sean vuestro refugio y amparo./ Que no seáis presos, ni heridos, ni ahorcados,/ ni de mal alguno tocados ,/ ni de vuestros enemigos apresados./ Dios os guía/ y la Virgen María / Guiados / por aquel Cordero que nació de Vos / quedando Virgen y Madre de Dios." Para terminar el rezo, las gentes contestaron con lo que Cicerón diría " sermo rusticus ora pro nobis , señor".

Los chifarros subían hacia el pueblo en medio de una gran algarabía intentando asustar a los atacados con aquellos gritos ensordecedores, pero, cuando la Rezadora terminó sus invocaciones, vieron como una espesa nube descendía del cielo cubriendo por completo al ejercito de los asaltantes; un tremendo rayo iluminó la portentosa nube, dejando de escucharse el griterío. Tras el terrible estruendo, se fue levantando la gran nube, sin que nada pudiera verse de lo que había sido la terrible turba de los chifarros.

Las gentes bajaron al campo y solamente pudieron ver una gran abundacia de cigarras. Y es que Dios los había librado de aquellos malvados asistentes, convirtiéndolos en cigarras, y su inaguantable algarabía, sonaba como ese ostentóreo ruido que ellas emiten. No cabía duda, eran los chifarros, y desde aquel día en Rodenas se oye a las chifarras que aguantan el castigo divino, por haber atacado a tantos seres indefensos.

Esa es la causa por que las chifarras de Rodenas no son como el resto de sus congéneres, porque ellas son el fruto de una oración de aquellas gentes sencillas, que un día se sintieron amenazadas, que, como testimonio del hecho siguen chicharreando en el campo y que además como recuerdo, en los años del Señorío de Albarracín quedó el altar que elevaron a la memoria de San Juan que los había ayudado.

Esta historia me la contó la tía Valera "La Churreta" , lo mismo que el tiempo todo se lo lleva y a sus 102 años, se la ha llevado a ella, acabando aquella fuente inagotable de historias maravillosas, de cuentos curiosos, graciosos y chascarrillos divertidos.